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¿Quién es Ceci Ascencio?

14 sept
4 min de lectura

Nunca es fácil hablar de uno mismo. Y menos cuando crees que nunca es suficiente o cuando vives luchando constantemente con un yo impostor.

Sí, los terapeutas también tenemos nuestros propios demonios. Tal vez por eso, para muchos de nosotros, el camino de la psicología también termina convirtiéndose en una forma de mirar hacia dentro.

Con el tiempo aprendí que sentir que nunca era suficiente también podía tener algo bueno: me obligó a estudiar, a cuestionarme y a prepararme constantemente para poner ese conocimiento al servicio de las personas que confían en mí.

¿Cómo comenzó este camino?

Curiosamente, comenzó mucho antes de la psicología.

Comenzó con la fotografía.

La fotografía me enseñó a observar. A detenerme frente a una persona y descubrir que detrás de aquello que se ve existe siempre una historia que no aparece en la imagen.

Mientras intentaba atrapar instantes efímeros con mi cámara, comencé a descubrir algo que despertó profundamente mi curiosidad: detrás de historias completamente diferentes parecía existir un deseo común y profundamente humano.

Sentirse bien.

Así de simple.Así de complejo.

Una y otra vez encontraba la misma búsqueda: la búsqueda de la plenitud.

Y entonces aparecieron nuevas preguntas.

¿Qué podía hacer yo para acompañar a una persona a acercarse a esa plenitud? ¿Cómo conseguir que ese bienestar no fuera solamente un instante efímero?

Comprendí que uno de los primeros caminos era acompañar a las personas a relacionarse de una manera diferente consigo mismas: con su cuerpo, con su historia, con sus emociones y con aquello que habían aprendido a creer acerca de quiénes eran.

Decidí estudiar Psicología porque yo misma tenía demasiadas preguntas.

Curiosamente, no encontré todas las respuestas.

Encontré algo mucho más interesante:

nuevas preguntas.


Comprendí que los seres humanos tejemos historias extraordinariamente complejas.

Así que seguí buscando.

Me aventuré a estudiar la Maestría en Terapia Sistémica Familiar. Ahí comencé a comprender la maravilla de los sistemas: nuestras historias familiares, nuestros vínculos y la manera en que aprendemos a relacionarnos con los demás y con el mundo.

Pero surgió otra pregunta:

¿Qué pasa con nosotros a lo largo de la vida?

Porque vivir también significa perder.

Perdemos personas, relaciones, etapas, lugares, certezas, versiones de nosotros mismos y, algunas veces, incluso aquello que imaginábamos que sería nuestra vida.

La manera en que atravesamos esas pérdidas también forma parte de nuestra historia.

Por eso me adentré en la Tanatología Infantil y Juvenil y, más tarde, en la Terapia Narrativa.

Ahí comprendí otra pieza fundamental: la manera en que narramos nuestras experiencias influye en cómo les damos significado y en cómo construimos nuestra identidad.

Entonces pensé:

quizá parte del camino esté en aprender a contar nuestra historia de otra manera.

Pero tampoco era suficiente.

Toqué las puertas de la Psicología Positiva en la UNAM y tuve la oportunidad de aprender de grandes maestros, entre ellos la Dra. Eguiluz.

Y mientras estudiaba el bienestar, seguía apareciendo frente a mí la otra cara inevitable de la vida: la pérdida.

“Al final vamos a perder hasta los dientes”, me dijo alguna vez mi maestro Luis Morey.

La frase me hizo sonreír.

Pero también me hizo pensar.

Si la vida está atravesada por pérdidas y duelos, ¿qué sucede con aquello que nunca decimos? ¿Qué pasa con las experiencias que sabemos que duelen, pero que todavía no podemos nombrar?

Entonces me encontré con el estudio del trauma.

Comprendí que algunas experiencias pueden seguir influyendo en nuestra manera de interpretar el presente, relacionarnos, reaccionar emocionalmente y protegernos, incluso mucho tiempo después de haber ocurrido.

Eso me llevó a formarme en enfoques como EMDR y TIST, que me permitieron ampliar mi comprensión sobre el procesamiento de experiencias difíciles y sobre las distintas maneras en que las personas intentamos adaptarnos y sobrevivir a aquello que nos ha lastimado.

Y nuevamente pensé:

todavía falta algo.


Porque existen innumerables modelos para comprender nuestra mente, nuestras emociones, nuestras relaciones y nuestra historia.

Pero ¿qué sucede cuando aquello que una persona experimenta no puede explicarse únicamente desde su voluntad, sus pensamientos o su historia?

¿Qué pasa cuando el cuerpo también participa?

¿Qué ocurre cuando el cerebro, el sistema nervioso, las hormonas, el sueño, el estrés o determinadas funciones cognitivas están influyendo en la manera en que una persona se siente y responde al mundo?

Comprendí entonces que necesitaba mirar también hacia ahí.

Eso me llevó a continuar mi formación en Neuropsicología y a profundizar en la relación entre cerebro, conducta, emociones y funcionamiento cognitivo.

Y sí…

las neuronas y yo nos hicimos buenas amigas.

Cuanto más conozco el cerebro humano, menos creo en explicaciones simples.

No somos únicamente nuestros pensamientos.

Tampoco somos únicamente nuestra infancia, nuestro cerebro, nuestras relaciones, nuestros traumas o nuestras decisiones.

Somos la interacción constante entre cuerpo, cerebro, historia, vínculos, emociones, pensamientos, contexto y experiencias.

Y esa comprensión terminó cambiando también mi manera de hacer terapia.

Existen tantas cosas que todavía quisiera saber que probablemente necesitaría varias vidas para aprenderlas todas.

Pero hoy hay algo que tengo claro.

Después de recorrer diferentes modelos y maneras de comprender al ser humano, dejé de preguntarme solamente:


Cuál es el modelo adecuado para este paciente?

Y comencé a hacerme una pregunta diferente:

Qué necesita esta persona que tengo frente a mí?

Porque no creo que una persona deba adaptarse a un modelo terapéutico.

Creo que los modelos terapéuticos deben ponerse al servicio de la persona.

Eso significa escuchar su historia, comprender su contexto y reconocer sus recursos, sus vínculos, sus pérdidas, su cuerpo, su manera de pensar, sus emociones y también aquello que todavía no puede nombrar.

No para mezclar técnicas indiscriminadamente.

Sino para construir una intervención coherente, ética y fundamentada que responda a las necesidades particulares de cada persona.

Y quizá ahí comienza el modelo que hoy quiero construir.

Un modelo que no parte de preguntarnos qué diagnóstico tenemos delante, sino de algo mucho más humano:

Quién es la persona que tengo frente a mí y qué necesita para vivir mejor?

Mi propósito no es prometer una vida sin dolor.

Tampoco una felicidad permanente.

Es acompañar a las personas a comprenderse, recuperar recursos, construir nuevas posibilidades y acercarse a una vida que puedan reconocer como propia.

Porque quizá la plenitud no consiste en estar bien todo el tiempo.

Quizá consiste en poder habitar nuestra propia vida, incluso cuando algunas partes de ella duelen.


Eso es lo que más amo de mi trabajo:

que me permitas acompañarte en ese proceso.

Porque a esta vida venimos a vivirla.

Cuéntame tu historia



 
 
 

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