top of page
Buscar

Los psicólogos también tenemos historia

¡Estate quieta, Cecilia!

Mi mamá decía que fui inquieta desde el vientre; soy la segunda entre dos varones. Mi hermano mayor disfrutaba hacerme enojar, así que desarrollé un instinto innato para la defensa personal; mi hermano menor despertó mi instinto materno: disfrutaba cuidarlo y jugar con él.

Siempre me caractericé por ser inquieta; me relacionaba fácilmente con las personas, pero no tenía demasiados amigos. Parecía que yo vivía en otro planeta; me soñaba como bailarina, me gustaban los reflectores y todo lo que estuviera relacionado con el arte. En repetidas ocasiones terminé en la dirección debido a que no atendía en clase o por usar algún vestuario sobre el uniforme.


Close-up view of a serene nature scene with a calm lake

Raíces de mi historia


Siempre regresaba la misma frase, una y otra vez… ¡Estate quieta, Cecilia!

Parte de mi infancia y mi adolescencia la viví de manera muy inestable; papá tenía aires de Casanova. Unos días vivíamos como millonarios y otros como mendigos.

En una ocasión lo vi con una mujer; él lo negó todo. Si bien él y yo sabíamos que era verdad, todo se convirtió en una avalancha de eventos poco afortunados: descubrir medios hermanos. Comencé a plantearme la pregunta: ¿Qué le hice a mi papá para que no me quisiera? Y así, poco a poco, me compré la idea de que yo merecía muy poco.


A los veinte años conocí a quien aceptaba mis peculiaridades; me sentía cómoda con él. Después de dos años, nos casamos y comenzamos una aventura que, hasta hoy, lleva muchos años, tres hijos y una infinidad de mascotas.

Sin embargo, algo me faltaba. Me gustaba ser mamá de…, esposa de…, hija de…; parecía suficiente para ocupar todo mi tiempo. Pero no me sentía plena; me había olvidado de mí y, poco a poco, me estaba borrando. Me convertí en el puente para los sueños de los demás.


Pero, ¿dónde habían quedado mis sueños? Me compré la idea de que merecía tan poco que guardé mis sueños en una caja al fondo de mis recuerdos.

Me sentía atrapada y una palabra comenzó a revolotear en mi cabeza: “libertad”.

No sé si por gusto o por necesidad, pero llegué a mi límite; saqué mis sueños del fondo de mis recuerdos y regresé a estudiar, con mucho miedo, porque mi creencia de que yo merecía tan poco era muy fuerte.

Decidí aventurarme en el mundo de la psicología, seguramente con el afán de encontrar respuestas; sin embargo, me descubrí en una nueva piel, donde realmente me sentía feliz.


En un inicio no fue fácil combinar las tareas de mamá, buscar los recursos para financiar mis estudios, además de todas mis creencias e inseguridades. Estudiar era una tarea titánica y así, poco a poco, terminé la licenciatura en psicología. Y, como seguía sintiendo que no sabía nada, estudié una maestría, en donde descubrí que era bueno sentirse un poco ignorante; eso me obligaba a seguir aprendiendo nuevos recursos para mí, mi familia y mis pacientes.

Hoy me siento libre porque puedo tomar decisiones; sigo siendo mamá, hija, hermana, esposa, amiga… sin embargo, también soy yo.

Ahora mi frase favorita es… ¡No te estés quieta, Cecilia!

 

Reflexión

Y así comienzo a escribir esta historia, recordando que un día también me sentí con el corazón roto; que ser psicóloga significó que la primera persona a la que salvé fue a mí misma.

 
 
 

Comentarios


Ya no es posible comentar esta entrada. Contacta al propietario del sitio para obtener más información.
bottom of page